<< Volver

adaptarse a los cambios

12 de marzo de 2026

estas semanas han estado pesadas.

hay temporadas en las que la vida indie suena romántica: libertad, horarios flexibles, trabajar en cosas que nos emocionan. y luego están semanas como estas, donde todo eso se tambalea un poco.

todo empezó con algo aparentemente sencillo: encontrar un lugar temporal para trabajar. el espacio donde normalmente estábamos entró en modo mudanza y ahora está en construcción, con la promesa de reabrir "mejor que antes". suena bien en teoría, pero en la práctica significó algo muy simple: de un día para otro nos quedamos sin base.

eso me obligó a salir a buscar un nuevo lugar para trabajar con el crew. primero fue la búsqueda, luego la negociación, y después la parte que casi nadie te cuenta: mantener el lugar.

oficina vacía con pasillo de vidrio

nuestra forma de trabajar es rara para la mayoría. somos muy libres, muy de entrar y salir, hablar fuerte, reírnos, improvisar, rebotar ideas en voz alta. eso no encaja tan fácil en cualquier espacio. al final encontramos una oficina compartida: un abogado, una empresa de software, una psicóloga y nosotros, todos dentro de una casa adaptada como oficina.

el cuarto que nos tocó a nosotros era, literalmente, un cuarto de tres por tres. ahí intentamos meter hasta a diez personas. diez personas, diez laptops, diez ideas simultáneas peleando por espacio, por silencio, por aire. y nosotros intentando fingir que todo seguía bien, que sólo era una etapa, que podíamos aguantar.

nuestros vecinos hicieron su lucha. intentaron aceptarnos, platicar, convivir un poco. pero se sentía en el ambiente que no estaban cómodos con nuestra presencia. la verdad es que los entiendo: solemos ser ruidosos. somos diez personas a las que nos gusta reír, crear, discutir cosas, tener juntas improvisadas, trabajar hasta tarde, trasnocharnos varios días seguidos, quedarnos a vivir en la oficina cuando un proyecto nos obsesiona.

desde afuera puede sonar autodestructivo. y quizá lo es un poco. pero también es el precio de esa libertad que tanto nos gusta romantizar. lo que nadie dice es que la libertad también cansa, también incomoda y también rompe dinámicas y espacios donde simplemente no encajamos.

después de unas tres semanas de estar ahí, todo se vino abajo: nos desalojaron de la oficina.

lo irónico es que los problemas eran cosas que para mí son sencillas de resolver. detalles de convivencia, ruido, formas distintas de usar el espacio. cosas del día a día que se pueden hablar. pero también entiendo que no todo el mundo tiene la habilidad, o las ganas, de compartir espacios con un grupo de gente que vive su trabajo de forma tan intensa.

y entonces regresé al punto de partida: seguir buscando un nuevo lugar donde trabajar.

para mí no es fácil trabajar desde casa. en papel suena perfecto: cero traslados, todo a la mano, estar cómodo. en la realidad, es muy fácil distraerme. en casa, cada cosa compite por mi atención: pendientes, ruido, la cama, el sillón, el refri. enfocarme me cuesta el doble.

a eso hay que sumarle los problemas triviales, esos que suenan pequeños pero que cuando se acumulan se sienten como otra carga más en la espalda. mi moto tuvo un pequeño accidente que ahora tengo que resolver. mis lentes se rompieron por enésima vez (ya dije que duermo con ellos puestos, ¿verdad?). son detalles tontos, sí, pero cuando ya vienes cansado, cada uno pesa el triple.

cables y cassette enredados representando el caos

el punto de todo esto es simple: las cosas cambian. a veces se caen, a veces las desmontan frente a ti, y toma tiempo volver a ellas o construir algo nuevo. no siempre es sencillo acomodar las piezas en su lugar.

a mí me cuestan los cambios, y eso no es un secreto. pero esta vez no se siente como un cambio más. se siente más como una revolución. como si alguien hubiera agarrado mi mesa de trabajo, la hubiera volteado y ahora todas las piezas estuvieran regadas en el piso, mezcladas con piezas nuevas que ni siquiera sé bien de dónde salieron.

piezas de rompecabezas regadas

las cosas están cambiando: el espacio, la forma de trabajar, los ritmos, las personas alrededor. y ahora me toca algo que nadie puede hacer por mí: encontrar el lugar de cada pieza nueva que tengo.

todavía no sé cómo va a quedar ese nuevo rompecabezas, pero al menos ya acepté algo: no se trata de volver a como estaban las cosas, sino de aprender a vivir en medio de esta pequeña revolución personal, con todo y ruido, incomodidad y dudas. desde ahí, paso a pasito, ir construyendo otra vez un lugar donde podamos trabajar, crear y seguir pretendiendo, un rato más, que sabemos lo que estamos haciendo.